Diario de mi reino
Fue quizás un sueño.
Quizás un atisbo de locura de una realidad roída, remendada y hecha jirones.
Dormían, plácidamente, las niñas. Resguardadas del frío, pues Gru, con los ojitos suavemente cerrados, las dejaba reposar en su lomo.
Aurora había dormido abrazada a la suavidad de su largo cuello, pues, al contrario de lo que parecía, el tacto del dragón era suave y aterciopelado.
Despertó con la claridad mortecina del cielo púrpura que los cobijaba. El páramo de altos árboles, sumergido por el denso bosque de cipreses, dejaba ver a intervalos regulares, y entre la abundante maleza vegetal, algunos pájaros de oscuros colores que emprendían el vuelo con el eco del mínimo sonido.
Aurora bostezó y miró a la otra niña, aunque esta pareció estar sumergida en un sueño áspero, del que su cuerpo no la dejaría despertar debido a la congestión de su espíritu.
Alicia, sin embargo, parecía haber dormido plácidamente, pues ya había despertado, y se encontraba quieta en la espesura mirando al cielo.
Aurora se levantó temblorosa y cabizbaja ante la intensidad de aquél día, que no era en absoluto diferente a la noche. El sol parecía estar eternamente sumergido entre hileras de oscuras nubes, y, sin embargo, Aurora no conseguía encontrarlo. Sólo el púrpura reinaba en el firmamento tal y como los cipreses lo hacían en la tierra.
Sin alejarse demasiado de la otra niña caminó despacio entre los cipreses, sin poder siquiera imaginar que eran ellos quienes las observaban, y que sin poder evitarlo, reían.